Tiempo Muerto

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El anciano encontró la llave en la antigua cajita en la que la colocó hace ya más de setenta años. Hasta ese momento, no había vuelto a reparar en ella; mejor dicho, no había querido hacerlo. Miraba con atención cada detalle: su pequeño tamaño, los dientes irregulares y las intrincadas y complejas filigranas que la adornaban.

No se atrevía a tocarla. Aún no se sentía preparado para irse. Sin embargo, había llegado el momento. Con la mano temblorosa, agarró la llave y se llevó a la boca. Tenía un repulsivo sabor a óxido. Su cuerpo se estremeció en una arcada, pero no podía permitirse vomitar. La llave había comenzado a disolverse y, en pocos minutos, había desaparecido. La sustancia que antes había sido una llave, ahora recorría todo su cuerpo en busca de su destino.

Una punzada de intenso dolor surgió de su corazón. El anciano se llevó la mano al pecho. Las convulsiones tomaron control de su cuerpo y se desplomó. Todo se volvió negro.

Su cuerpo era ahora un cascarón vacío. Se había librado del incómodo traje de carne que había sido su envoltorio.

– Adiós, viejo – dijo con desprecio.

Su tiempo aquí había terminado, pero sabía que no era el final.

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